La guerra contra la cancelación: cómo los católicos pueden defender la fe y la cultura.

09.11.2024

BATALLA CULTURAL


La cultura de la cancelación es una locura antidemocrática. No tiene base popular, es una presión autoritaria que se disfraza de una agenda inclusiva. Es propio de una sociedad adolescente pero autoritaria al mismo tiempo.

Dr. Jorge Ballesteros.

Dr. Jorge Ballesteros.

“La cultura de la cancelación es el refugio de quienes son incapaces de contrastar libre y pacíficamente con los que piensan distinto”.

¿Cómo afecta a los católicos que defienden la fe en la esfera pública y cuáles son las estrategias para enfrentar esta tendencia de forma caritativa pero firme?

Detrás de esta censura, ¿hay en verdad una expresión popular real? ¿Podríamos decir que una mayoría denigra, por ejemplo, un contenido pedófilo, y que decide no consumir una apología a la pedofilia? La gran mayoría evita este tipo de discurso. Sin embargo, esto no es la cultura de la cancelación. Esta no depende de las mayorías, sino de aquellos que tienen el poder mediático.

El poder mediático, en realidad, lo tienen las minorías. Estas crean ruido muy bien estructurado a partir de un lobby minoritario multimediático que termina simulando el efecto de una mayoría, cancelando culturalmente contenidos que no agradan a esos grupos.

Un caso relevante es el de la banda mexicana Molotov. En 2013, se presentaron en Los Ángeles, California, y recibieron múltiples peticiones de grupos minoritarios como el colectivo LGBT, que les solicitaban no tocar una de sus canciones más famosas. Dicha canción no concuerda con la cultura LGBT actual. Lo curioso es que quienes pedían esto no eran seguidores de la banda. Los verdaderos fans, aquellos que pagaron por ver a Molotov, querían que tocaran esa canción. A tal punto que, durante el concierto, la solicitaron, y Molotov la interpretó como cierre de su presentación.

Esto refleja que la cultura de la cancelación es, en el fondo, una cultura de terror. Molotov se autocensuró, eliminando de la canción la palabra “maricón”, para cumplir con las expectativas de los fans que querían escuchar la versión original. Esto nos muestra que la cancelación no es poder popular, es poder minoritario de personas que, sin embargo, tienen mucho impacto multimediático (apoyo de los medios de difusión).

La cultura de la cancelación se basa en una idea que se ha puesto muy de moda, es una idea de un filósofo llamado Karl Popper que decía: “No se puede ser tolerante con el intolerante”. La cultura de la cancelación es una cultura antidemocrática, en la medida en que cancela la posibilidad de diálogo racional.

Yo asigno, por ejemplo, a un contenido cultural una serie de patologías, incluso como puede ser por ejemplo la homofobia. Incluso ha habido muchos actores de Hollywood que han perdido contratos o han sido expulsados de series por algún tuit que se ha encontrado, incluso hace años, ya que la cultura de la cancelación también es retroactiva. Va a escarbar tu pasado, va a ver qué dijiste hace 10 años. Por eso genera un terror cultural: es terrorista.

Se justifica en palabras muy lindas como “tolerancia”, “pluralismo”, “apertura mental”, “empatía” y “diversidad”. Pero bajo esa cáscara hay un vacío. Todo lo que no responda a lo que ellos determinen como empático, diverso, plural y abierto de mente, no hay que tolerarlo. Por ejemplo, hoy se puede escribir en las calles “muerte al macho”, como hacen las feministas, y nadie se escandaliza. Ahora es impensable que alguien vaya a poner “muerte a la hembra”.

La cultura de la cancelación es una locura antidemocrática. No tiene base popular, es una presión autoritaria que se disfraza de una agenda inclusiva. Es propio de una sociedad adolescente pero autoritaria al mismo tiempo.

¿Cómo protegernos de esa minoría que juega a la cancelación? ¿Cómo puede la mayoría defenderse de esa minoría autoritaria y adoctrinada?

Existe un concepto clave: la “mayoría silenciosa”. Aunque esta mayoría es amplia, pierde fuerza si no alza la voz. La opinión pública no se mide en cantidad, sino en fuerzas relativas de volumen de voz. Cuando uno escruta la opinión pública no tiene la capacidad de escuchar todas las voces, pero si hay un grupo inmenso de la sociedad que ni siquiera tiene la intención de hacer escuchar su voz, esa voz no formará parte de la opinión pública, a pesar de que podría ser la mayoritaria.

La mayoría silenciosa observa cómo se cancela la cultura, la historia, al modificar el relato que una sociedad tiene sobre su pasado, borrando ese pasado. Un ejemplo de esto es la memoria histórica en España, donde se exhuman los restos de Franco y José Antonio, o se derriban estatuas de próceres, como hacen los comunistas de la 4T en Ciudad de México, pretendiendo cambiar el pasado.

Debemos alertar a esta mayoría sobre los peligros de la cancelación cultural. El mayor peligro es dejar vacía nuestra cultura, destruyendo todos los contenidos para hacerlos acorde con lo que esta minoría quiere, lo que no representa nuestros valores.

Aquí habría que llamar primero la atención de los jóvenes sobre estos contenidos negativos de la cultura de la cancelación. Esta cultura de la cancelación, como dice Agustín Laje, es una “cultura del amariconamiento y de la fragilidad”. En contraposición, aquellos que enfrentan este movimiento lo hacen con valentía, virilidad y congruencia.

Cinco claves para resistir como católico a la cultura de la cancelación:

1. Observa, piensa, actúa

Vivimos en tiempos donde lo inverosímil se convierte en rutina. Nos desayunamos con noticias que no hace mucho eran consideradas inverosímiles, política-ficción de mal gusto que habría arruinado la carrera del guionista más reputado:

• Profesores sancionados por enseñar que el sexo está determinado por un par de cromosomas.

• Cuentas de Twitter suspendidas por afirmar que la hierba es verde.

• Violadores convictos que dicen ser mujeres para ser trasladados a una prisión femenina, donde violan a otras reclusas.

• Estatuas de San Junípero Serra, derribadas por justicieros descendientes de puritanos que masacraron a los indígenas norteamericanos.

• Mujeres deportistas que ven cómo su puesto en las Olimpiadas es ocupado por competidores con genitales masculinos.

• Películas inocentes descalificadas como horrendas abominaciones (¡hasta Dumbo es ahora políticamente incorrecto!).

• Palabras de toda la vida que de un día para otro se convierten en términos prohibidos que pueden arruinar tu carrera o incluso tu vida.

Palabras canceladas. Estatuas canceladas. Libros cancelados… incluso personas canceladas. Todo debe ajustarse a los moldes de la corrección política.

2. Valentía ante el caldo 'woke'

Necesitamos valientes que quiebren el consenso de mentiras sobre el que se asienta la cultura woke, que con sus gestos den pie a una dinámica de verdad liberadora. Para ello, no mentir. Asumir que no se pueden aceptar sin más los preceptos que rompen con toda una tradición vertebrada en el sentido común. Saber que es necesario arrojarse a los debates con quien piensa diferente, con argumentos y una perspectiva dialógica, son pautas clave para ir desmigando la cultura de la cancelación.

3. Recuperar la vida virtuosa

Decía Chesterton en Ortodoxia que “el mundo moderno está lleno de viejas virtudes cristianas que se volvieron locas”. Siguiendo las tesis girardianas, se insta a cambiar “un enloquecido culto a quienes designamos en la categoría de `víctima´”, cuando ni su contexto ni circunstancias le otorgan ese estatus, salvo las quimeras que lleva por dentro y que eleva al máximo exponente.

Para esto, ante los tildados de “ofendiditos”, es necesario responder con coherencia. Posicionar al sujeto en su entorno y hacerle ver que no se puede sacar, por mucho que le alaben, la particularidad para elevar un juicio universal de “conmigo o contra mí”.

La vida virtuosa, el ejercicio de la prudencia y la templanza, junto a la fortaleza y la justicia, son bases sólidas desde las que responder a la cancelación desde una actitud caritativa.

4. No al reduccionismo

A los postulados relativistas, reduccionistas, nihilistas o de mercadeo de valores según conveniencia, hay que responder desde ámbitos que demuestren control de la materia, saber estar, aplomo y pocas dosis de visceralidad. Discutir sin elevar el tono para hacerse notar o imponer el propio criterio.

Los artificios trileros para seguir en el trincherismo ideológico, en la batalla cultural, con sacos de ideas desde las que parapetarse, funcionan si la artillería empleada es capaz de ver al Otro en el otro. Si esa mecánica no funciona, ¿cuál es la reivindicación y el resultado que se extrae, sino el de posicionamientos enconados llamados al despellejamiento mutuo? ¿Dónde está el amor al prójimo y el reconocimiento de la paternidad de un Dios que vela igual por los que están con Él o contra Él?

5. Ojo con las pseudorreligiones.

Para comprender y resistir a la cultura de la cancelación, es necesario estar atentos a los riesgos que nos imponen los nuevos diosecillos camuflados entre los distintos bloques y esquemas ideológicos y económicos imperantes. “La ideología woke toma la forma de una pseudorreligión política que contempla la aridez, por ejemplo, de la abstrusa teoría de la deconstrucción (con sus falsas ínfulas científicas) con el fervor sectario del iluminado”.

Lo woke, al contrario del cristianismo, “desconoce el perdón”. Por lo tanto, ¿qué mejor vía de acción que el ejercicio con aquel que objetivamente se muestra errado?

¿Librar la batalla cultural?

Estamos abogando por el uso de unas armas pacíficas propias de cualquier batalla cultural que tenga como horizonte el bien común. La batalla cultural no es propaganda política, ni tiene solo ni principalmente que ver con las cuitas políticas del horizonte estrecho que conforman los partidos y sus programas electorales. La batalla cultural tiene que ver con la sana confrontación de ideas que ha de darse en el espacio público y también, por supuesto, con la degradación de ese espacio por quienes no reparan en medios para conseguir que su relato predomine en ese cotizado espacio.